Philosophica
Enciclopedia filosófica  on line

VERSIÓN DE ARCHIVO 2026


Memoria y unidad de la experiencia

Autores: José Ángel Lombo y José Manuel Giménez Amaya

1. Introducción

Al referirnos a la memoria, nos adentramos en un tema de gran amplitud que admite varias perspectivas en distintos niveles. En efecto, el tema de la memoria ha suscitado un profundo interés en la historia del pensamiento, sobre todo en relación con la percepción de la sucesión temporal y con la permanencia de la propia identidad a través de los cambios [Michaelian–Sutton 2017; Frise 2023]. De otra parte, esto ha permitido entender la memoria como una experiencia global del tiempo, tanto de una manera individual, como referida a la entera humanidad. Consecuentemente, la memoria ha sido comprendida como biografía personal o como sentido del curso histórico [Cruz 1988].

En las líneas que siguen, enfocaremos el estudio de la memoria principalmente desde la antropología filosófica, para abrirnos, desde ella, a otros ámbitos del saber [Lombo–Giménez Amaya 2024: 84-101]. Desarrollaremos esta exposición en varias partes. Ante todo, haremos un recorrido histórico de la noción de memoria desde el origen del pensamiento presocrático hasta el siglo XX [Nikulin 2015a; Bernecker–Michaelian 2017]. A continuación, nos concentraremos en la memoria como actividad sensible en su relación con otros dinamismos, como la atención y la afectividad, subrayando su especificidad en el conjunto de la experiencia humana. Desde aquí, trataremos de describir los distintos tipos de memoria, sobre todo desde un punto de vista funcional y neurobiológico [Lombo–Giménez Amaya 2013: 79-85]. Finalmente, nos abriremos a una perspectiva más sistémica, procurando entender la memoria como dinamismo unificador de la entera experiencia humana.

2. Contextualización histórica

En un tema estrechamente ligado a la temporalidad como es la memoria, el enfoque histórico se hace especialmente relevante. Además, destacaremos como la memoria, desde distintas concepciones, aparece como un factor de conexión de distintas dimensiones de la existencia humana.

2.1. Pensamiento antiguo

No parece que la memoria fuera objeto particular de estudio antes de Sócrates, salvo referencias ocasionales en algunos autores [Nikulin 2015b: 35]. En Platón, sin embargo, tendrá ya una importancia central, en cuanto sostiene que conocer es esencialmente recordar, como expone principalmente en sus diálogos Menón y Fedón. Al permitir conservar el pasado, la memoria quedaba vinculada a la inmortalidad, mientras el olvido se relacionaba con la muerte, temas que estaban presentes de alguna manera en el orfismo y en Pitágoras, aunque también en Heráclito y Parménides [Nikulin 2015b: 36].

Aristóteles, en línea con su concepción hilemórfica, ofrecerá una descripción sistemática de la memoria en el contexto de su teoría de las facultades. De acuerdo con su concepción, la memoria pertenece a la parte sensible del alma, y, en consecuencia, implica aspectos tanto psicológicos como biológicos. Entre las facultades del alma, la memoria se distingue tanto del pensamiento (noús o dianoia), como de la percepción sensible (aisthesis), pero también del juicio de valor (hypolepsis) y de la imaginación (phantasía) [Nikulin 2015b: 61]. Estas dos últimas facultades se encuentran estrechamente vinculadas a la memoria, en cuanto tienen una especial relevancia en la formación del recuerdo. De esta manera, la memoria se cuenta entre lo que la tradición posterior llamará sentidos internos, como una facultad conservativa de la experiencia, —semejante a la imaginación— pero también estrechamente vinculada al juicio de valor, que la tradición aristotélica llamará estimativa-cogitativa [Lombo–Giménez Amaya 2013: 74-85].

Para el Estagirita, la sensibilidad humana participa de la razón [Ética a Nicómaco, I, 13, 1102 a 34–1103 a 4] y, por este motivo, nuestros sentidos poseen un dinamismo superior al de los animales. En esta línea, en el ser humano, además de la simple memoria (mneme) —semejante a la de los animales—, existe otra facultad sensible a la que da el nombre de reminiscencia (anamnesis) [De la memoria y la reminiscencia, 451b4]. La diferencia entre ambas no es solo de grado, sino de tipo de dinamismo: la memoria reviste un carácter espontáneo, mientras que la reminiscencia implica una evocación y una indagación en el recuerdo, por lo que conecta, de alguna manera, el plano sensible con la razón y la voluntad.

Así pues, ambas están conectadas, pero no de modo necesario [De la memoria y la reminiscencia, 451a20–21; Nikulin 2015b: 66]. En esta línea, el Estagirita describe la reminiscencia como la búsqueda activa (zetesis) y ordenada (taxis) de aquellos actos de conocimiento que dan lugar a la memoria [De la memoria y la reminiscencia, 451b1; Nikulin 2015b: 66]. La repetición de esa búsqueda ordenada forma un hábito (ethos), que constituye un dinamismo semejante a la naturaleza. De aquí que recordar equivalga a una forma de arte y, por ello, requiera un orden y un método [De la memoria y la reminiscencia, 452a26–30; Nikulin 2015b: 67].

De otro lado, para los estoicos, la memoria es un almacén o tesoro de percepciones pasadas. Sin embargo, no hay un consenso entre ellos sobre cómo se forman los recuerdos, que pueden ser afecciones (conservación de impresiones, en la línea de Aristóteles) o bien alteraciones (influjo del mundo externo sobre la mente) [Nikulin 2015b: 69-72].

Con un enfoque diferente, el neoplatonismo propone una síntesis de la idea platónica de «alma del mundo», como lugar de las formas, y del concepto aristotélico de facultad o capacidad operativa. De esta manera, consideran la memoria como una actividad separada del intelecto, ligada a la percepción y al tiempo.

La doctrina agustiniana de la memoria merece especial atención, también por el notable influjo de su pensamiento en ámbito filosófico y teológico. Siguiendo una inspiración platónica, el obispo de Hipona concede especial relevancia a esta facultad, pero la corrige notablemente desde un enfoque cristiano. En este sentido, aunque otorga una cierta realidad a las ideas y sigue inicialmente la doctrina de la reminiscencia, sin embargo, concede también especial importancia al cuerpo y a los sentidos, sin llegar a abrazar la síntesis psicofísica de Aristóteles [Müller 2015: 98]. De otra parte, Agustín de Hipona propone una analogía psicológica entre la Trinidad de personas divinas y las facultades del espíritu humano, a saber, memoria, inteligencia y voluntad [Tratado sobre la Santísima Trinidad, X, 18; Reinhardt 2010: 728].

En el ámbito antropológico, este pensador cristiano distingue tres tipos de memoria: sensorial, intelectual y emotiva [Confesiones, X, 11-38]. La primera de ellas conserva las representaciones sensibles y da continuidad a la experiencia sensorial en su proceso temporal, de aquí que esté en la base misma del lenguaje [Confesiones, X, 17]. En segundo lugar, la memoria intelectual se refiere no solo a eventos sensibles pasados, sino fundamentalmente a realidades permanentes, siempre presentes al alma. Esta memoria refleja la huella de Dios en el ser humano y es responsable de la continuidad del propio yo en el tiempo, por lo que es fundamental para el aprendizaje y el autoconocimiento [Müller 2015: 101]. En tercer término, esta facultad se conecta también con la afectividad, constituyendo una memoria de tipo emotivo [Confesiones, X, 21-22]. En este nivel, los recuerdos se conservan como actos voluntarios asociados a los afectos, también cuando estos no se experimentan en el presente [Müller 2015: 100]. Esta memoria se encuentra, pues, a medio camino entre las representaciones sensibles y la presencia de sí en el plano intelectual.

2.2 Periodo medieval

El pensamiento árabe medieval continuará la doctrina aristotélica del conocimiento, dando un papel preponderante a la memoria entre los llamados sentidos internos. Además, siguiendo el pensamiento médico de Galeno, conectarán esos sentidos con diferentes partes del cerebro, proponiendo una descripción anatomo-fisiológica que será recibida por la tradición escolástica latina [Müller 2015: 101-102]. Sin embargo, respecto al Estagirita, estos autores establecerán una clasificación más precisa de los sentidos internos, si bien con algunas diferencias sobre su número y su naturaleza. Según Avicena, la memoria recibe la información de la facultad estimativa y se conecta, por ello, con las emociones. De esta manera, considera la memoria como un archivo de intenciones, de modo semejante a como la imaginación conserva las sensaciones externas. Unas y otras (intenciones y sensaciones) son impresiones individuales, pero se distinguen en cuanto las primeras están asociadas al ámbito afectivo. Por su parte, Averroes modifica de algún modo las propuestas de Avicena, eliminando la estimativa y otorgando a la memoria un papel no solo retentivo, sino también perceptivo [Müller 2015: 102-107].

La Escolástica medieval recibirá una doble herencia agustiniana y aristotélica, esta última a través de los autores árabes. De una parte, se asentará una concepción de la memoria en el plano intelectual-espiritual, al modo de Agustín de Hipona; de otra parte, se elaborará la memoria sensible como sentido interno, con su correspondiente base anatomo-fisiológica, de acuerdo con la visión de Avicena y Averroes. De aquí surgirá la dificultad de articular ambos tipos de memoria, intelectual y sensible, presente sobre todo en la primera mitad del siglo XIII.

La primera descripción sistemática de la memoria en la Escolástica aparece con Alberto Magno, que se apoyará en las fuentes apenas mencionadas. Con un enfoque marcadamente analítico, considera la memoria en un plano antropológico, más allá de lo meramente epistemológico. De otra parte, destacará la diferencia entre la memoria sensible e intelectual, conectando esta última con los primeros principios del conocimiento y subrayando además su dimensión teológica [Müller 2015: 110-113].

Tomás de Aquino partirá de fuentes semejantes a su maestro Alberto Magno, si bien adoptará un punto de vista más sintético. De esta manera, pondrá en conexión la memoria sensible de la concepción árabe con la memoria intelectual agustiniana, e identificará esta última con el propio intelecto, en cuanto conservador de las ideas de un modo habitual (intellectus in habitu). Estas ideas se conectan además con los sentidos al referirlas a las imágenes (conversio ad phantasmata), pero también al vincularlas con la dimensión afectiva, la cual ayuda a fijar las ideas del intelecto [Müller 2015: 113-116].

2.3. Época moderna

El Renacimiento y el inicio de la Edad Moderna serán testigos de abundantes propuestas sobre el conocimiento humano, sobre todo en lo que se refiere a los sentidos. Aunque se mantiene el enfoque aristotélico, ya consolidado por Alberto Magno y Tomás de Aquino [Clucas 2015: 132], comienzan a desarrollarse nuevas perspectivas que giran en torno a la actividad de la memoria y a su base fisiológica, de acuerdo con la tradición médica iniciada por Galeno [Clucas 2015: 139-145].

Al final de este período, el conocimiento se identificará de modo general con la memoria, lo que dará lugar progresivamente a una visión enciclopédica del saber y a un abandono de la psicología aristotélica de las facultades. En este nuevo ambiente, destaca la figura de Descartes, que interpreta la herencia escolástica de manera mecanicista y sostiene, en consecuencia, un fuerte dualismo entre alma y cuerpo. Para él, las potencias sensibles constituyen una sola facultad, que recibe pasivamente y de modo físico el influjo de las realidades externas. De este modo, la memoria no se distingue ya propiamente de la imaginación, sino que equivale a la retención de lo captado por ella. Además, en línea con la tradición médica renacentista, asigna unos órganos precisos a las distintas actividades sensibles: el sentido común y la imaginación están localizados en la glándula pineal, y la memoria lo está en las partes internas del cerebro. Por ello mismo, no reconoce una distinción de la facultad sensible entre el ser humano y el animal [Clucas 2015: 153-158].

La continuidad entre conocimiento y memoria comienza a fragmentarse a finales del siglo XVII. En este contexto, John Locke dará un peso especial al papel de la memoria en la constitución de la identidad personal. La clave de esta visión se encuentra en su consideración de la actividad omnicomprensiva de la memoria, en la que intervienen tanto el pensamiento como la voluntad y las pasiones. Por ello, este autor marcará la transición de la memoria como conocimiento de la realidad a una actividad de autoconciencia, enfoque que —a pesar de las apariencias— lo distancia notablemente de Agustín de Hipona. La conexión establecida por Locke entre memoria e identidad subjetiva tendrá una profunda influencia en la filosofía de la mente del siglo XX [Clucas 2015: 171-174].

El planteamiento de Kant sobre la memoria se coloca, de alguna manera, entre el racionalismo y el empirismo de los autores precedentes. De un modo general, con él se cumple el paso de una concepción subjetiva-psicológica a una subjetiva-trascendental. Concretamente, criticará la psicología racionalista de Wolf, para quien existe una facultad de conocimiento única. Para el filósofo de Königsberg, esta facultad se expresa en diversos grados de claridad y distinción, los cuales implican la diferencia entre una memoria sensitiva y una memoria racional.

Para Kant, la memoria no es una facultad autónoma, sino una actividad inseparable de la imaginación, la cual tiene el papel de ser intermediaria entre la sensibilidad y el entendimiento. Respecto a la imaginación, la memoria tiene una función fundamental de síntesis, siendo responsable de la continuidad de la experiencia a través del tiempo. Por este motivo, esta facultad tiene un papel fundamental en la unidad de la conciencia [Nuzzo 2015: 186-190].

A partir del pensamiento kantiano, el idealismo alemán reforzará la centralidad del sujeto en la experiencia. En primer lugar, Fichte sostiene que la conciencia se funda a sí misma sin necesidad de un principio externo. Por ello, la memoria, como función de la conciencia, no consiste en un registro pasivo de datos externos, sino en una actividad creativa del sujeto, el cual construye la experiencia. Esta construcción es ante todo una tarea moral, de suerte que la memoria está ligada a la actividad práctica y no solo al conocimiento [Nuzzo 2015: 196].

Schelling continúa esta línea y vincula la memoria a la actividad libre del sujeto, que no solo recuerda, sino que recrea y se constituye a sí mismo en el tiempo. A través de dicha actividad memorativa, el sujeto se construye de manera narrativa en el devenir histórico [Nuzzo 2015: 198-199]. Por su parte, Hegel desarrolla esta perspectiva narrativa en un sentido absoluto, pues la actividad memorativa se conecta no solo con el pasado sino también con el presente y con el futuro. En este sentido, propone una concepción dialéctica y sistemática del recuerdo como un proceso no solo subjetivo sino también objetivo, que es a la vez interior y exterior al espíritu. Sin embargo, este autor diferencia entre el recuerdo como organización de la experiencia y la memorización como capacidad retentiva, la cual está relacionada con la expresión objetiva del pensamiento [Nuzzo 2015: 200-202].

Frente a la concepción idealista, caracterizada por la construcción racional del tiempo y de la experiencia, Nietzsche representa un enfoque que vincula estrechamente la memoria a la vida, en tanto que individual y como fenómeno natural. De esta manera, pondrá el acento no solamente sobre el recuerdo sino también sobre el olvido y la historia [Nuzzo 2015: 219]. En esta línea, plantea la sospecha de que lo conservado en la memoria deforme la realidad histórica; de aquí su propuesta de deconstruir dicha realidad, en forma de resentimiento, como función crítica de la narración histórica. De otra parte, percibe la necesidad de dominar el curso del tiempo, cuyo devenir se presenta como un límite a la libertad. De aquí su propuesta de un eterno retorno que permita ese dominio [De Warren 2015: 232-239].

2.4. Filosofía del siglo XX

Una circunstancia de especial relevancia al inicio del siglo XX es el nacimiento de la psicología experimental como ciencia. A esto contribuyó significativamente William James, que tratará de la memoria como un proceso mental. Esto implica considerar su actividad como un conjunto de reacciones del sistema nervioso ante determinados estímulos que surgen en la relación del sujeto con la realidad. Estas propuestas de James se encuentran en el contexto de una visión cientificista de la actividad humana. Este enfoque funcionalista será criticado de manera incisiva por Husserl y la fenomenología, al considerar que el conocimiento humano se rige por las leyes de la lógica, que no pueden ser reducidas a procesos mentales.

Para Freud más que en un archivo de experiencias pasadas, la memoria consiste en una narración construida por el propio sujeto a partir de dichas experiencias. Esta narración es elaborada desde elementos conscientes e inconscientes, provocando un olvido de una parte de los eventos pasados, como una forma de represión. Se plantea así la necesidad de una sanación de esta experiencia vivida mediante su recuperación consciente (psicoanálisis). Este método psicoanalítico implica el desvelamiento, a través de los sueños, de elementos reprimidos o escondidos por el inconsciente. Estos elementos proceden tanto de una herencia genética como de experiencias de la infancia [Zaretzky 2015: 275-279].

En la concepción vitalista de Bergson, la memoria es la capacidad que nos permite captar la duración de la realidad como un flujo continuo entre pasado y futuro. Este autor distinguirá así varios tipos de memoria como formas de acceso a la duración de lo real. Entre estas formas, cabe destacar la memoria de hábito y la memoria de recuerdo. La primera es implícita y no representativa, y se manifiesta como una disposición a reaccionar de un modo más o menos fijo ante el entorno; en cambio, la memoria de recuerdo es la representación explícita de algún acontecimiento o episodio de la vida pasada. En su conjunto, la realidad así captada, constituye la memoria como un principio totalizante y unificador de la experiencia [Perri 2017: 510-518].

Para Heidegger, el ser se entiende solo desde una perspectiva temporal, y las diferentes realidades se expresan en distintos tipos de temporalidad. De esta manera, el análisis fenomenológico del tiempo pone de relieve un concepto existencial de memoria, que tiene que ver con la conservación, pérdida o recuperación de uno mismo. En ese sentido, para él no solo es relevante la memoria, sino también el olvido, hasta el punto de que recordar presupone siempre haber olvidado. La memoria constituye el esfuerzo por conservar la dimensión insondable del ser, que tendemos a olvidar. Esta memoria, además puede ser compartida culturalmente en la forma de herencia [Carman 2017: 557-562].

Esta línea fenomenológica y existencial será continuada por Gadamer y Ricoeur. Ambos autores aplicarán esa reflexión sobre el tiempo y la memoria a la hermenéutica filosófica, insistiendo en una comprensión narrativa de la sucesión temporal. Por una parte, Gadamer destaca la memoria no como una simple conservación de eventos, sino como una interpretación y reconstrucción de estos dentro de una tradición, que constituye una suerte de memoria colectiva [Fernández Labastida 2012: 151-156]. Ricoeur, por su parte, ofrece una perspectiva hermenéutica análoga al aceptar dicha experiencia colectiva y ponerla en relación con una dimensión individual. Además, subraya la importancia del olvido y de la imaginación en la reconstrucción del pasado. Esta reconstrucción constituye la historia, que es entendida por él como una forma de escritura o narración [Dessingué 2017: 563-571].

El periodo de final del siglo XIX y del inicio del siglo XX está dominado por una confrontación entre una visión positivista del saber y una reivindicación de las ciencias del espíritu. Esta tensión va a manifestarse en una doble línea, tanto como en una separación entre dichas perspectivas cuanto en diferentes propuestas de conciliación. Dentro de este contexto, uno de los temas más críticos en el estudio de la memoria ha sido el de los trastornos mnésicos, que intentarán ser resueltos inicialmente en un plano experimental-biológico. Sin embargo, ante los límites de estas investigaciones, en tiempos más recientes se están proponiendo estudios con un enfoque interdisciplinar, en el que ha influido el gran desarrollo de la neurociencia moderna y una consideración holística del ser humano, aspectos a los que nos iremos refiriendo a lo largo de este trabajo.

2.5. Balance histórico

Como acabamos de exponer, la memoria ha suscitado un gran interés en la historia del pensamiento. La descripción que acabamos de realizar sigue un hilo conductor desde un punto de vista filosófico, aunque también se han señalado importantes conexiones con otros ámbitos del saber, como la teología, la psicología y, más recientemente, la neurobiología.

Ante todo, la memoria ha sido considerada bajo diferentes perspectivas para dar cuenta de la capacidad humana de captar el flujo entre pasado, presente y futuro, junto a la conservación de la propia identidad a lo largo del tiempo. Esto tiene implicaciones tanto en un plano psicológico, referido al conocimiento humano, como en el nivel ontológico, relativo al sujeto en su permanencia a través de sus procesos vitales. Así, desde la antigüedad, la memoria ha sido conceptualizada como capacidad operativa humana (Aristóteles), o como presencia del alma a sí misma (Agustín de Hipona).

En relación con la presencia de sí, se observa el papel de la memoria como totalizadora de la experiencia, lo que la conecta con un plano histórico, más allá de cada sujeto particular. Ello se debe a su conexión con los diferentes niveles de la actividad humana: los planos intelectual, sensible y somático, y las dimensiones cognoscitiva, volitiva y afectiva. De aquí surge la cuestión de su localización en el conjunto de las facultades humanas, que llevará, en el pensamiento medieval, al desarrollo de una teoría sistemática de los sentidos internos (Avicena, Tomás de Aquino).

En el curso de la historia del pensamiento moderno y contemporáneo, ha ido surgiendo la sospecha de que la memoria no sea otra cosa que una construcción subjetiva de la realidad, tanto en un plano individual como en relación con el curso global de la Historia (Nietzsche).

En tiempos más recientes, está surgiendo una comprensión de la memoria más holística o sistémica, que conjuga una visión científico–experimental con un enfoque filosófico. En este sentido, se está intentado evitar el reduccionismo positivista de tiempos anteriores gracias a la crítica de Husserl al psicologismo. Para ello, ha sido determinante, en muy buena medida, el gran desarrollo de las ciencias neurales, que intentan estudiar las bases biológicas de la memoria y sus trastornos (neurológicos y psiquiátricos) desde una perspectiva integral de la persona.

3. Memoria e integración del conocimiento

Para una primera caracterización de la memoria, es preciso referirse a la distinción entre sentidos externos e internos. Los sentidos externos, como su nombre indica, captan aspectos accidentales o fenoménicos de las cosas, y, por ello, la información que ofrecen es de carácter múltiple y disperso. Este conocimiento requiere una integración posterior por parte de los sentidos internos, que lo unifican y le dan continuidad. En estos últimos, por tanto, se cumple una síntesis global de la experiencia del viviente, que sirve de punto de partida a la actividad intelectual [Lombo–Giménez Amaya 2013: 59-87].

La descripción de los sentidos internos, desarrollada en el seno de la tradición aristotélica, muestra un doble criterio de clasificación de estos. Por una parte, podemos distinguir en ellos entre una dimensión descriptiva y otra valorativa. La primera tiene que ver con la forma de lo conocido y el modo en que es percibida por nuestros sentidos; mientras que la segunda se refiere a lo conocido como término de la acción del sujeto, y, por ello, dotado de valor. Por otra parte, atendiendo al sujeto de la acción cognoscitiva, este es capaz no solo de captar las formas y los valores, sino también de conservarlos.

De acuerdo con estas dos dimensiones del conocimiento sensible, es posible destacar cuatro tipos de sentidos internos. Según la primera dimensión, estas facultades se distinguen en sentidos formales o descriptivos, que se refieren a la estructura del objeto conocido; y los intencionales o valorativos, que se conectan con la acción del sujeto [Sanguineti 2005: 67-69].

En cambio, la segunda dimensión descubre la diferencia entre los sentidos internos receptivos, que son capaces de aprehender puntualmente su objeto y unificar la experiencia sensible, y los conservativos, que retienen lo previamente aprehendido y dan así continuidad a dicha experiencia [Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 78, a. 4, c].

En suma, suelen enumerarse los siguientes sentidos internos en el ser humano: sentido común (formal-receptivo), imaginación (formal-conservativo), cogitativa (intencional-receptivo) y memoria (intencional-conservativo) [Fabro 2008: 80-81].

Además, cuando consideramos la información proporcionada por los sentidos internos, cabe reconocer que los formales están en relación con la experiencia externa al sujeto; mientras que los intencionales, al estar referidos a la actividad y a los fines del individuo, se conectan con su experiencia interna. Desde esta perspectiva, puede decirse que el sentido común unifica la experiencia externa y la imaginación le da continuidad; mientras que la experiencia interna está unificada por la cogitativa y conservada en su continuidad por la memoria [Choza 2016: 261-262].

En la medida en que la memoria conserva la experiencia sensible en su dimensión valorativa, constituye el sentido en el que se capta propiamente la sucesión temporal [Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 79, a. 6, c.]. Como sentido valorativo, además, la memoria establece —junto con la cogitativa— una continuidad integrativa del conocimiento con la afectividad. En efecto, estos sentidos elaboran la información en su relación con el sujeto, descubriendo diversos aspectos de interés (atracción, rechazo, miedo, etc.) y orientando la afectividad hacia un objeto sobre el que se puede actuar. Esta continuidad entre valores y afectos es conservada y elaborada por la memoria, en una experiencia progresivamente más integradora y compleja. Es a través de la memoria, por tanto, como el individuo reconoce su propia continuidad en el proceso de sus acciones, unificando e integrando su experiencia externa e interna [Pinillos 1988: 217-404; Choza 2016: 262].

Consiguientemente, la memoria no consiste simplemente en una acumulación de datos de tipo cognoscitivo, sino que conecta el conocimiento con la afectividad y con la acción. Esto conlleva la implicación de varias «dimensiones» —que también se han denominan «sistemas» desde el punto de vista neurocientífico— en la totalidad del sujeto humano como ser viviente. De esta manera, la propia identidad del individuo se va configurando a lo largo del tiempo como conservación de sí mismo, que se va a manifestar no solo en el plano psicológico de la auto-conciencia, sino también en el de los procesos biológicos implicados en la experiencia y en la constitución del organismo.

4. Memoria y atención

El dinamismo atencional reviste una gran importancia para el ser humano al garantizar la eficiencia de sus acciones en orden a fines determinados. El sujeto perfecciona su propia naturaleza en la medida en que alcanza progresivamente esos fines. En este proceso, la atención se muestra no solo como una garantía de la eficacia de las acciones, sino que proporciona la estabilidad necesaria que conviene a la naturaleza racional. Por ello, al hombre no le basta resolver problemas, sino que tiene que incorporar las soluciones a su vida, y así perfeccionarse y ser capaz de abordar nuevos problemas. Esa incorporación equivale, de alguna manera, a una conservación y unificación de su obrar en la forma de experiencia.

En el ámbito de los sentidos internos valorativos, cogitativa y memoria guardan una especial relación, que no se limita solo a la diferencia entre captación y conservación de valores, sino que reviste la forma de una cierta circularidad. De alguna manera, la cogitativa abre la puerta a la memoria, y esta última retiene la información recibida. A su vez, la memoria elabora ulteriormente esa información y pondera los valores, ya seleccionados por la cogitativa, alcanzando una mayor profundidad en ellos. De ahí que la memoria sea considerada como thesaurus, esto es, una conservación ponderada de la información. [Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, II, 74].

De otra parte, la información, ponderada y conservada por la memoria, dota de contenido a la afectividad —tanto sensible (pasiones) como racional (voluntad)—, orientándola a la acción sobre los objetos conocidos-deseados. Junto a ello, la actividad sobre esos objetos proporciona una nueva fuente de información y valoración sobre la realidad. Esta circularidad dinámica se reconoce como experiencia [Tomás de Aquino, In XII libros Metaphysicorum expositio, I, 1, 15]. Esta relación circular entre conocimiento y acción ha sido tematizada en la filosofía contemporánea por el pragmatismo, representado en autores como Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey [Legg–Hookway 2024].

Entendida la experiencia de este modo, existe una clara diferencia entre el ser humano y el animal, como hace notar Tomás de Aquino [In XII libros Metaphysicorum expositio, I, 1, 15]:

Sobre la memoria, en los hombres (…) lo próximo es la experiencia, de la que algunos animales participan en pequeña medida. La experiencia se obtiene por la ponderación de muchos elementos recibidos en la memoria. Esta ponderación es propia del hombre, y pertenece a la facultad cogitativa, que es llamada razón particular (…). Y, puesto que los animales acostumbran a seguir o a evitar algo a partir de muchos sentidos y de la memoria, así parecen participar de alguna manera en la experiencia, aunque en pequeña medida.

No se trata simplemente de que estemos dotados de razón, sino además de que nuestros sentidos internos (muy principalmente la captación y conservación de valores sensibles) participan de la racionalidad. Esta distinción se observa notablemente «en la capacidad humana de modular los recuerdos, que recibe el nombre de reminiscencia», según la cual podemos recordar «de manera inquisitiva, ordenada y estableciendo una relación entre los datos conservados». En cambio, «la memoria animal es espontánea y, por así decir, automática» [Lombo–Giménez Amaya 2013: 82].

Por tanto, la reminiscencia y la cogitativa se encuentran en estrecha relación con la afectividad y la acción. Esa conexión se expresa como una circularidad entre memoria y atención, en la cual la experiencia se configura como algo continuo y unitario que va sedimentándose a distintos niveles, para permitir que nuestras facultades puedan aplicarse a nuevas acciones.

5. Memoria y reminiscencia: acceso consciente al tesoro de la experiencia

La memoria aparece, así como una facultad especialmente unificadora, en la que la experiencia sensible alcanza su grado más alto de integración. Esto se verifica en los animales irracionales, puesto que en ellos la memoria articula la información recibida con las inclinaciones y deseos, para permitir su actividad a lo largo del tiempo.

Puesto que la cognición sensorial permite a los animales satisfacer las necesidades de la vida y realizar sus operaciones características, entonces los animales que se mueven hacia algo a distancia por medio del movimiento local deben tener memoria. Porque si la meta anticipada por la que son inducidos a moverse no permaneciera en ellos a través de la memoria, no podrían continuar moviéndose hacia la meta prevista que persiguen [Tomás de Aquino, In XII libros Metaphysicorum expositio, I, 1, 10].

Es conveniente recalcar que entender la memoria de manera unitaria nos permite considerar toda la experiencia sensible de un modo realista. Esto significa que la actividad de cada uno de los sentidos internos está asociada con la de los otros sentidos, de manera que configuran en su conjunto una totalidad jerárquica. Es precisamente la memoria la facultad que constituye el culmen de la experiencia sensible, sin estar separada de los demás sentidos. En esta línea, nos parece claro que el mecanicismo no ofrece una comprensión realista de la sensibilidad.

A partir de lo dicho anteriormente, conviene subrayar que la memoria no puede ser entendida de manera sectorial, sino que se conecta con la cogitativa como fuente de información, y esta, a su vez, se apoya en la imaginación, en el sentido común y en los sentidos externos.

Todas estas facultades sensibles —de manera especial las valorativas— influyen, además, sobre las emociones, haciendo posible la acción. En el caso de los animales, la memoria y los apetitos sensibles son las facultades más altas que rigen su comportamiento en el ámbito cognoscitivo y tendencial, respectivamente. Es decir, la acción necesita un conocimiento valorativo que motive una inclinación, la cual mueva al sujeto a obrar.

En el ser humano, la integración sensorial y su conexión con las tendencias son aún más profundas, en cuanto la memoria se articula, de alguna manera, también con la razón y la voluntad. Se pone de manifiesto asimismo la especificidad de la sensibilidad humana en cuanto participa de la racionalidad.

A través de la memoria, la razón y la voluntad acceden al tesoro de la experiencia de una manera consciente y organizada, y, además, modulan la actividad de esta de acuerdo con los fines globales del sujeto racional [Lombo–Giménez-Amaya 2013: 59-87]. Esta participación es especialmente relevante en las potencias sensibles más inmateriales, es decir, la imaginación, la memoria y los apetitos sensibles [Aristóteles, Ética a Nicómaco, I, 13, 1102 b 17-1103 a 3; Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 78, a. 4, c y ad 5].

Por este motivo, Aristóteles distinguía entre memoria y reminiscencia, asignando esta última al ser humano, de manera análoga a como la cogitativa humana se distingue de la estimativa animal. De hecho, la cogitativa añade a la estimativa una cierta combinación de intenciones respecto a la mera captación de estas. De manera semejante, la reminiscencia humana conserva los recuerdos de manera ordenada y casi silogística, a diferencia de la memoria animal, a la cual estos afloran de manera espontánea e instintiva. [Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 78, a. 4, c; Aristóteles, De la memoria y la reminiscencia, 1-2, 449 b-453 b].

El acceso consciente y organizado a la experiencia conservada es lo que suele llamarse evocación, que es un acto propio de la memoria humana como reminiscencia, en cuanto esta es movida por la razón y la voluntad. De este modo, el ser humano no simplemente se encuentra con fenómenos que afloran automáticamente en su subjetividad, sino que lleva a cabo una indagación inquisitiva, en la que hay una suerte de comparación y búsqueda entre recuerdos: esto, en efecto, comporta la actividad de la razón (ponderar) y de la voluntad (decisión de buscar) [Aristóteles, De la memoria y la reminiscencia, 2, 452 a].

El Estagirita señala específicamente que la reminiscencia no se ejercita de manera aislada sino a través de la asociación de experiencias ya conservadas e insertadas en una serie de eventos. En relación con esto, los sujetos tienen diferentes disposiciones naturales, pues quienes son capaces de almacenar una gran cantidad de datos, no tienen la misma facilidad para relacionarlos y traerlos a colación. En este sentido, los grados de inteligencia se establecen a partir de estas diferentes disposiciones de las facultades sensibles —principalmente imaginación, cogitativa y memoria— en cuanto empleadas por la razón [Aristóteles, De la memoria y la reminiscencia, 2, 453 a-b].

6. Tipos de memoria

Este acceso consciente del que venimos hablando responde a las necesidades vitales y tiende a una optimización del esfuerzo y de los recursos, según un cierto equilibrio, entre la experiencia conservada y los nuevos objetos que se presentan a ella. De acuerdo con estas necesidades, podemos descubrir varios criterios que permiten reconocer diferentes tipos de memoria [Amann–Wipplinger 2001; Kandel 2007; Fuster 2007: 1644; Michaelian–Sutton 2017; Frise 2023]: el marco temporal de la experiencia, las estructuras neurobiológicas implicadas y los niveles de profundidad en la conservación de lo conocido.

6.1. Clasificación según la funcionalidad global del sistema nervioso

Un primer punto de vista, de gran relevancia para su análisis de la memoria, es el del estudio de la estructura y de las funciones del sistema nervioso central (neurobiología). Desde este enfoque, y centrados especialmente en la corteza cerebral, se ha propuesto la distinción entre una memoria perceptiva y una memoria ejecutiva [Fuster 1999; 2007: 1644].

(a) La memoria perceptiva se refiere a todos aquellos procesos que incluyen la recepción y conservación de la información sensorial en la corteza cerebral.

(b) La memoria ejecutiva, a su vez, se define en base al procesamiento de la respuesta motora del individuo a los estímulos sensoriales antes mencionados.

Entre ambas formas de memoria se reconoce comúnmente una relación bidireccional, de modo semejante a la que existe entre las zonas de la corteza cerebral involucradas en funciones tanto cognitivas como ejecutivas. Estas funciones se pueden representar gráficamente de una manera jerárquica, desde las más básicas hasta las más complejas. Las más elementales incluyen las áreas corticales responsables de la percepción sensorial y de la organización del sistema motor, que se sitúan en las zonas posterior o anterior del cerebro, respectivamente. Las funciones complejas se refieren a actividades más asociativas, implicadas tanto en la percepción como en la respuesta motora, merced a una tupida red de conexiones o redes neuronales que conectan las dos zonas corticales mencionadas [Fuster 2007: 1644].

Esta última clasificación de memoria perceptiva y ejecutiva nos permite comprender mejor las relaciones entre memoria y atención. En efecto, la memoria constituye, a nivel sensible, la mayor síntesis asociativa de la experiencia. La aplicación de esa información valorativa a la acción requiere un cierto retorno a lo concreto, que pueda motivar la afectividad y, a su vez, mover las facultades motoras implicadas en la actividad del sujeto. De manera semejante, en el proceso atencional cabe reconocer un aspecto cognoscitivo (selección valorativa) y otro tendencial (movimiento afectivo hacia lo conocido), que conjuntamente llevan a la acción.

Por su parte, el fenómeno atencional se despliega en tres fases, en cada una de las cuales se da una específica interacción con la memoria. En primer lugar, una activación adecuada del conocimiento sensible, en la que los sistemas de alerta implican la integración y conversación de la información sensorial externa e interna. En segundo término, la atención implica la selección de lo conocido de acuerdo con los fines y valores del sujeto, que es captada por la cogitativa y conservada por la memoria. Finalmente, la atención se expresa en el control sobre la acción a partir del conocimiento previamente adquirido y procesado [Rueda–Pozuelos–Cómbita 2015: 184].

De esta manera, la síntesis asociativa de la memoria está preparada por una interacción con los dinamismos atencionales a distintos niveles, desde la integración de la sensibilidad externa de variado tipo, el control de la actividad del sujeto y la retroalimentación existente a todos los niveles de las funciones de la memoria perceptiva y ejecutiva [Rueda–Pozuelos–Cómbita 2015: 184].

6.2. Clasificación según el marco temporal de la experiencia

Una de las pautas que suele emplearse para distinguir la memoria se refiere al marco temporal de la conservación de la experiencia. De esta manera, tenemos tres tipos de memoria: una memoria de breve duración referida a la activación de los órganos sensoriales (memoria instantánea); otra más integrativa de los elementos receptivos sensoriales, de corta duración (memoria a corto plazo); y, finalmente, una memoria integrativa del conjunto de la experiencia que se extiende más en el tiempo (memoria a largo plazo).

6.2.1. Memoria instantánea

Un primer tipo de memoria, de duración muy breve, se refiere a la continuidad en la actividad de los órganos sensibles. Estos procesos determinan sus coordinadas espaciotemporales a partir de estímulos específicos por parte de cada sentido, de ahí que se denomine también memoria sensorial. Esto implica la aprehensión de la persistencia de la estimulación sensorial y la identificación de patrones, más o menos regulares, en dichos estímulos [Lombo–Giménez-Amaya 2013: 79-85]. Esta descripción de la memoria se aproxima a la facultad interna llamada sentido común [Lombo–Giménez-Amaya 2013: 63-66; Amann–Wipplinger 2001].

6.2.2. Memoria a corto plazo

La memoria a corto plazo se mantiene durante periodos breves de tiempo, ya que se utiliza para la ejecución de tareas ordinarias concretas. Respecto a la memoria instantánea o sensorial, comporta una mayor capacidad de retención de la información. Esto es posible gracias a un nivel de síntesis superior propiciado por una combinación de estímulos sensoriales variados. Este tipo de memoria es también comprensiva del ambiente, y también relevante para activar el aprendizaje de forma plástica, de aquí que sea también determinante en los procesos de atención. Por este motivo, esta modalidad se ha denominado también memoria de trabajo en cuanto a su capacidad integrativa [Baddeley–Hitch 2010: 3015].

6.2.3. Memoria a largo plazo

El tercer tipo, la llamada memoria a largo plazo, es a la que solemos referirnos en el lenguaje ordinario, y que incluye eventos vividos y modos de comportamiento, conservados para aplicarlos a nuevas experiencias. Esta memoria se ha clasificado, a su vez, como sigue:

(a) La memoria declarativa o explícita [Baars–Gage 2010: 305-344], es un tipo de memoria a largo plazo que almacena información consciente, hechos y eventos, que pueden ser verbalizados y evocados voluntariamente. Esta, a su vez, se divide en dos tipos.

(a.1.) La memoria episódica, que conserva cómo tuvieron lugar determinados sucesos en el tiempo.

(a.2.) La memoria semántica, que es el recuerdo de datos y contenidos concretos no vinculados necesariamente a eventos, por ejemplo, nombres, números, etc.

(b) La memoria no declarativa o procedimental [Squire 2009: 12711-12716], que comprende aspectos implícitos de la conducta, tales como esquemas y estrategias motoras, etc., de gran relevancia para el aprendizaje progresivo. Este tipo de memoria incluye distintos tipos de condicionamiento y adquisición de habilidades psicomotoras, y el priming, fenómeno por el que la presencia de un estímulo influye en la respuesta a un estímulo sucesivo sin una intención o reflexión consciente [Eichenbaum 2008: 1747].

6.3. Clasificación desde un punto vista antropológico

Desde una perspectiva filosófica y en el seno de la tradición aristotélico-tomista, es frecuente distinguir entre una memoria sensible y otra intelectual [Echavarría 2002: 103-106]. Ambas pueden recibir este nombre en la medida en que cumplen las características fundamentales que hemos descrito para esta facultad operativa. En efecto, una y otra son integradoras del conocimiento y lo conectan con los valores y con la afectividad. Por este motivo, se descubre en ellas una circularidad con la atención y con la acción [Lombo–Giménez Amaya 2024: 55-101].

En este ámbito, lo sensible y lo intelectual implican distintos niveles de profundidad de la experiencia. Efectivamente, los valores conservados por la memoria sensible están circunscritos a formas y conexiones prácticas concretas, de tal manera que los recuerdos, en este plano, se inserten siempre en un contexto espacio-temporal. En cambio, la memoria intelectual conserva la experiencia de una manera más profunda, como valores y formas universales, que trascienden un marco espacial o temporal determinado. Estas actividades se conservan a modo de hábitos [Echavarría 2002: 104-106].

En los animales, obviamente, se da solo una memoria sensible, la cual elabora la información de valor procedente de la estimativa. Por su parte, la memoria intelectual es así llamada de un modo amplio, en cuanto capaz de conservar contenidos de valor y referirlos a la acción. Sin embargo, esta capacidad no es otra cosa que la propia facultad racional en cuanto que es capaz de conservar sus actos pasados en la forma de hábitos [Aristóteles, De la memoria y la reminiscencia, 1, 450 a 22-25; Tomás de Aquino, In Aristotelis libros De sensu et sensato, De memoria et reminiscentia commentarium, 2, 2, 10 y 16].

7. Consideraciones neurobiológicas sobre la memoria

Los dinamismos que permiten la fijación de la experiencia en la forma de recuerdos han sido objeto de estudios neurocientíficos muy exhaustivos. Sin embargo, esos dinamismos no son todavía enteramente conocidos, pues comportan una alta complejidad, en la que se entrelazan dimensiones biológicas y psicológicas. Desde el punto de vista neurobiológico, la memoria implica la actividad de nuestro sistema nervioso en relación a la codificación, almacenaje y recuperación de la información que recibimos tanto del mundo exterior como de nuestro propio organismo. De este modo, la memoria se pone en funcionamiento por medio de procesos biológicos en distintos niveles, que van desde la plasticidad molecular y sináptica hasta la activación de diferentes circuitos nerviosos y redes neuronales [Kandel 2007; Baars–Gage 2010; Kandel–Koester–Mack–Siegelbaum 2021]. Dichos procesos encuentran también un deterioro natural al final de la vida del individuo o por causas patológicas.

La memoria, por tanto, incluye múltiples dimensiones en las que se encuentran tanto los procesos biológicos relacionados con la experiencia, como los implicados más directamente en la constitución del organismo. Esas dimensiones se despliegan en diferentes sistemas «jerarquizados» —o estructurados—, que pueden ser considerados desde una perspectiva «ascendente», desde los procesos moleculares y sinápticos a las redes neuronales (bottom / up), y otra «descendente», que sigue una dirección inversa (top / down).

De otra parte, la memoria no consiste simplemente en una acumulación de información, sino que conecta el conocimiento con la afectividad y con la acción. Esto conlleva la conexión de varias dimensiones del sujeto humano como un ser viviente unitario, dimensiones que también se han denominado «sistemas» desde el punto de vista neurocientífico. De esta manera, la propia identidad del individuo se va configurando a lo largo del tiempo como conservación de sí mismo. Esta conservación de la identidad se va a manifestar no solo en el plano psicológico de la auto-conciencia, sino también en el de los procesos biológicos implicados en la experiencia y en la constitución del organismo.

Ante todo, de manera general, la ciencia neurobiológica atiende principalmente a dos aspectos de las clasificaciones ya mencionadas anteriormente, a saber, la duración y la organización sistémica de lo recordado.

Desde la perspectiva de la duración de los recuerdos, hay que tener en cuenta que los múltiples sistemas de memoria procesan y almacenan la información nerviosa de forma diferenciada. Más concretamente, esta puede ir desde los cambios sinápticos transitorios, conectados con la memoria a corto plazo o memoria de trabajo, hasta la activación de genes y la síntesis de nuevas proteínas en la memoria a largo plazo.

En cuanto a las estructuras nerviosas implicadas en la memoria a corto y a largo plazo, se puede indicar lo siguiente. La memoria a corto plazo o de trabajo se ha relacionado con la corteza prefrontal. Por su parte, la memoria declarativa puede relacionarse con el hipocampo, así como con las redes neuronales de las cortezas asociativas. En tercer lugar, la memoria no declarativa o procedimental se conectan con estructuras subcorticales, como los ganglios basales y el cerebelo. Finalmente, los procesos emocionales de la memoria están en relación con el sistema límbico, de una manera prominente con el complejo amigdalino y sus conexiones [Eichenbaum 2008: 1747].

Desde el punto de vista de la organización sistémica de los recuerdos, ya se ha señalado anteriormente el papel muy relevante que juegan, en el cerebro humano, las relaciones entre las cortezas sensoriales y motora primarias y las diferentes cortezas asociativas. Como ha señalado acertadamente Fuster de forma sintética:

(…) la representación de la memoria en la corteza cerebral ha sido objeto de un continuo debate entre dos posturas teóricas principales. Por un lado, se encuentran quienes proponen la subdivisión de la corteza en módulos discretos dedicados a formas especiales de memoria y sus contenidos específicos. Por otro, se encuentra la postura «holística», que propone la distribución de toda la memoria en amplias extensiones de la corteza. Por otro lado, están los eclécticos y los conciliadores, que tienden a adoptar posturas intermedias, como la de que algunas funciones o contenidos están localizados mientras que otros están distribuidos. Cada vez se acepta más que la memoria es una de estas funciones, con algunos de sus componentes localizados en redes neuronales circunscritas a dominios discretos de la corteza y otros ampliamente distribuidos en redes que se extienden más allá de los límites de las áreas corticales definidas por la arquitectura celular. En consecuencia, el conjunto de la experiencia sobre uno mismo y el entorno estaría representado en redes corticales de tamaño y distribución muy variables. Esto no excluye las estructuras no corticales de la memoria. Tampoco excluye la posibilidad de que, después de la adquisición en la corteza, algunos recuerdos queden relegados a esas estructuras, como (es el caso de) los ganglios basales [Fuster 2007: 1644].

Por último, conviene recordar también que la memoria se deteriora a lo largo de la vida de manera natural o por causas patológicas. En ese sentido, todo envejecimiento conlleva una pérdida de células nerviosas y de conexiones entre ellas. De aquí se sigue la pérdida natural de plasticidad cerebral, que afecta no solo a la memoria, sino también a otras funciones cognitivas y afectivas. Esto se manifiesta ordinariamente en olvidos leves y, en general, en una menor velocidad de procesamientos neuronales. A pesar de ello, el cerebro siempre mantiene una cierta capacidad de adaptación y modulación (neuro-plasticidad), salvo en el caso de déficits graves, consecuencia de alteraciones más severas de origen patológico.

8. Niveles de profundidad del depósito de la memoria

Ya hemos indicado que los dinamismos que hacen posible la conservación de los recuerdos son complejos y no enteramente conocidos. Sin embargo, lo que sí parece claro es que dicha conservación se relaciona, de alguna manera, con los niveles de consciencia [Chambers–Pain 2015: 218-243]. La distinción entre conciencia y estados de consciencia se trata en la voz sobre la atención de esta Enciclopedia [Lombo–Giménez Amaya 2022].

Ante todo, cabe señalar que nuestros recuerdos pueden ser conservados de una manera consciente o inconsciente, si bien la diferencia entre ambos estados de consciencia no se manifiesta siempre con unos contornos precisos. No obstante, parece existir un acuerdo generalizado sobre la importancia del ciclo vigilia-sueño para la conservación de la experiencia, y para el acceso más o menos consciente a ella. Efectivamente, cada vez se asigna más importancia al sueño como potenciador o facilitador de la consolidación de la memoria y de la conservación de la experiencia en distintos estratos.

De esta manera, el sueño tiene una gran importancia en la regulación de la experiencia sensible. Esa regulación se lleva a cabo mediante una distribución jerárquica y una fijación de los datos sensibles. En este proceso, intervienen múltiples redes neuronales del sistema nervioso central, con la implicación de diferentes sustancias neuroquímicas. En ese sentido, por ejemplo, los estudios neurobiológicos sobre el ciclo vigilia-sueño han puesto de manifiesto que el sueño profundo está relacionado con un mejor desempeño de la memoria declarativa, mientras que otras fases del sueño (sueño paradójico o de movimientos oculares rápidos) se han implicado en la memoria procedimental y, en general, en los aspectos emocionales de la memoria [Reinoso Suárez 1995; Reinoso Suárez–Andrés–Garzón 2011: 1-128; Chambers–Pain 2015: 218-243].

Por lo tanto, en este proceso organizativo de la memoria en diferentes estratos, podemos reconocer también distintos niveles de consciencia: uno ordinario en el estado de vigilia, otro subconsciente en el denominado sueño paradójico y un nivel inconsciente en el sueño profundo [Lombo–Giménez Amaya 2022; Reinoso-Suárez–Andrés–Garzón 2011: 1-128]. Este último puede continuarse, a su vez, en los distintos grados de los estados de coma [Lombo–Giménez Amaya 2022]. La memoria reviste distintos grados de profundidad en relación a los distintos niveles de consciencia. Estos niveles implican diferentes vivencias del recuerdo: estas se experimentan de manera ordinaria en el estado de vigilia y en el del sueño paradójico, y en una medida considerablemente inferior en el sueño profundo y en los estados de coma.

Como es conocido, la estratificación de los niveles de consciencia, con la correspondiente regulación de la experiencia sensible, ha sido objeto de amplio estudio para la comprensión de la estabilización psicológica de los recuerdos y del intento de terapia en la psicopatología [Tobler–Achermann 2007: 2432; Chambers–Pain 2015: 218-243].

Finalmente, aunque la relación entre memoria y consciencia se ponga especialmente de relieve en el ciclo vigilia-sueño, esta se verifica en el propio estado de vigilia, concretamente en la circularidad ya mencionada entre memoria y atención, y de manera muy especial en los hábitos. Desde aquí, es oportuno esclarecer cómo las acciones conservadas de esta manera permiten al individuo unificar su propia experiencia a través de determinadas disposiciones que se van estabilizando en el tiempo.

9. Memoria y comportamiento habitual

Las rutinas y los hábitos han sido considerados como un cierto tipo de memoria, en la medida en que permiten conservar la experiencia adquirida y unificarla a lo largo del tiempo. En efecto, en el ámbito de la neuropsicología, estos dinamismos suelen estudiarse como una cierta huella de las acciones del individuo en el sistema nervioso central y más específicamente en el cerebro. Dicha huella explicaría la estabilización de determinadas conexiones nerviosas por medio de la repetición más o menos continuada de determinadas actividades. Sin embargo, rutinas y hábitos no son un mero depósito de eventos pasados, sino también una preparación o disposición para nuevas acciones [Fuchs 2012: 84-89]. En consecuencia, puede reconocerse en ellos dos dimensiones, a saber, una conservativa y otra dispositiva, que ponen de manifiesto su relación con la memoria.

Por lo que respecta a la dimensión conservativa, esta se refiere tanto al aspecto cognitivo de la experiencia como a la conexión de esta con la acción. En este plano, su relación con la memoria se hace evidente en las distintas modalidades de esta, a saber, perceptiva o ejecutiva, a corto o a largo plazo. De otra parte, la dimensión dispositiva a la acción, propia del comportamiento habitual, se conecta con la memoria y con la atención. Estas últimas, efectivamente, disponen el conocimiento sensible de tipo práctico (valorativo), para aplicarlo a la acción a través de la afectividad.

De manera semejante, en el plano racional, los hábitos permiten dirigir la acción a partir del conocimiento práctico, proporcionando así un dominio del propio obrar [Lombo–Giménez Amaya 2024: 87-89]. Este dominio se ejerce tanto sobre el propio plano racional, como sobre el plano sensible [Aristóteles, Ética a Nicómaco, I, 13, 1102 b 13-1103 a 3]. Este último plano abarca tanto la dimensión afectiva sensible, como la cognitiva sensible, principalmente los sentidos internos [Lombo-Giménez Amaya 2013: 74-87]. De aquí que estas últimas facultades puedan también disponerse de manera racional, en una suerte de educación de la sensibilidad, que se refiere, sobre todo, a la memoria y a la cogitativa, pero también a la imaginación.

10. Memoria e identidad

Como ya se ha subrayado, la memoria tiene un papel esencial en la conservación de la propia experiencia. Esta conservación no consiste meramente en un depósito de información, sino que abarca también los valores, los afectos y los modos de obrar. En esta línea, la memoria se conecta directamente con el sentido interno de la cogitativa y con las tendencias, a través de las cuales se aplica a la acción. De esta manera, la memoria tiene un papel fundamental en la configuración dinámica de la identidad de cada individuo. Sin embargo, esta identidad no equivale simplemente a la conciencia que cada uno tiene de sí mismo, sino que se fundamenta en un plano más profundo que podemos llamar ontológico. Algunos autores, quizá por el influjo de Locke, tienden a confundir ambos planos, poniendo en riesgo indirectamente la comprensión de la libertad del individuo [Olson 2024].

Si conectamos la memoria con la identidad personal en el mencionado plano ontológico, se comprende que Agustín de Hipona —como apuntábamos más arriba— atribuyera a la memoria la continuidad del propio yo en el tiempo, siendo fundamental para el autoconocimiento y el aprendizaje [Agustín de Hipona, Confesiones, X, 11-38; Reinhardt 2010: 728].

Si consideramos además que, en el plano intelectual, la memoria se manifiesta en los hábitos, se descubre su carácter global e integrador en la configuración de la identidad personal, en la línea agustiniana antes mencionada [Lombo–Giménez Amaya 2024: 99-101]. De esta manera, la memoria constituye el sentido que da continuidad a la totalidad de la experiencia, tanto externa como interna [Echavarría 2002: 102]. Esto implica la conexión de los datos externos en su relación con el sujeto, lo cual implica el descubrimiento de su conexión con los fines. Ese conocimiento integrador, de tipo práctico, mueve la afectividad de manera que pueda aplicarse a la acción. Por lo tanto, la memoria unifica toda la experiencia sensible y sirve como base de la identidad subjetiva del ser humano.

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Lombo, José Ángel — Giménez Amaya, José Manuel, Memoria y unidad de la experiencia, en Fernández Labastida, Francisco – Mercado, Juan Andrés (editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on line, URL: http://www.philosophica.info/archivo/2026/voces/memoria/Memoria.html

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