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VERSIÓN DE ARCHIVO 2008
Leonardo Polo
Autor: Juan Fernando Sellés
Pensador español de inspiración aristotélica que ha trabajado, sobre todo, los campos de la teoría del conocimiento, la metafísica y la antropología. También ha publicado estudios sobre pensadores modernos como Descartes, Kant, Hegel o Nietszche. Su descubrimiento noético, llamado “abandono del límite mental”, permite acceder cognoscitivamente con mayor alcance al ser y esencia extramentales y al ser y la esencia humanas, asi como a la trascendencia divina.
Índice
3. El método cognoscitivo poliano
4. Las cuatro dimensiones del método
5. El alcance real de las cuatro dimensiones metódicas
6. La segunda dimensión del método y su tema: la esencia extramental
7. La cuarta dimensión del método y su tema: la esencia humana
8. El orden de las manifestaciones esenciales humanas
9. La primera dimensión del método y su tema: los actos de ser extramentales
10. La tercera dimensión del método y su tema: el co–acto de ser personal
11. Una filosofía abierta a la trascendencia
Filósofo español (Madrid, 1926), Catedrático de Historia de la Filosofía (1966), ha sido profesor de la Universidad de Navarra desde 1954 hasta nuestros días. Reluce en su pensamiento un profundo conocimiento de los grandes pensadores que han conformado la historia de la filosofía occidental, y que hace de contrapunto a su original propuesta filosófica. Sus escritos y sus inéditos son de inspiración aristotélica, pero, en el fondo, él se considera un tomista rebelde, en tanto que intenta proseguir los hallazgos más importantes de Tomás de Aquino, en especial su distinción real entre acto de ser (actus essendi) y esencia (essentia) en todo lo creado, y esclarecerlos no sólo en metafísica, sino especialmente en antropología.
Polo ha trabajado las diversas vertientes y materias de la filosofía (Introducción, Ética, Psicología, Historia de la Filosofía en sus diversas épocas –Antigua, Medieval, Moderna y Contemporánea–, Lógica, Filosofía Política, Textos filosóficos, etc.), pero los campos en los que más destaca son: Teoría del conocimiento, Metafísica y Antropología. Ha enseñado en algunas universidades españolas (Navarra, Sevilla, Málaga, etc.), europeas (Santa Croce –Roma–, Palermo –Sicilia–, etc.), así como latinoamericanas (Panamericana –México–, La Sabana –Colombia–, Piura –Perú– y Los Andes –Chile). Hasta el momento ha publicado 37 libros y 53 escritos menores (opúsculos, colaboraciones en libros colectivos, artículos, entrevistas, prólogos, etc.), pero la mayor parte de su producción intelectual sigue inédita.
Sobre su pensamiento se han celebrado dos congresos internacionales, se han publicado más de 20 libros y 200 artículos, multitud de reseñas; unos 30 trabajos de investigación y tesis doctorales y, asimismo, aparecen periódicamente dos revistas filosóficas, una en red, Miscelanea Poliana, perteneciente al Instituto de Estudios Filosóficos Leonardo Polo con sede en Málaga, y otra impresa, Studia Poliana, que depende del Departamento de Filosofía de la Universidad de Navarra.
Antes indicar sus obras sobre los tres campos temáticos más relevantes ya aludidos, es pertinente mencionar aquellas publicaciones suyas centradas en determinados filósofos, las cuales se pueden incluir dentro del campo de historia de la filosofía. Las más relevantes son Evidencia y realidad en Descartes, Hegel y el posthegelianismo y Nietzsche como pensador de dualidades. En segundo lugar se puede mencionar La crítica kantiana del conocimiento.
En cuanto a la tradicionalmente llamada gnoseología, Polo aborda esta disciplina con mucha profundidad y detalle en su extensa obra en cuatro amplios volúmenes del Curso de teoría del conocimiento. Junto a ella, se puede destacar El conocimiento del universo físico, recopilación de diversos cursos de doctorado ya publicados aisladamente con antelación.
Por lo que respecta a la metafísica, sus libros más importantes son El acceso al ser y El ser. En segundo lugar se puede tener en cuenta un libro que puede servir de acceso, desde el punto de vista histórico, a los temas de la metafísica: Nominalismo, idealismo y realismo.
Referente a la antropología —que, según Polo, es el tema culminar de su investigación filosófica—, sus publicaciones más importantes son los dos volúmenes de la Antropología trascendental: I. La persona humana, y II. La esencia de la persona humana. En este ámbito, puede servir también de referencia el libro Persona y libertad, recopilación de diversos cursos doctorales y otros escritos ya publicados por separado previamente. Asimismo, se puede tener en cuenta una obra suya breve e interesante: El yo.
Entre sus libros de divulgación cabe destacar los siguientes: Quién es el hombre, un espíritu en el tiempo (el más difundido hasta el momento); Introducción a la Filosofía (el más ordenado según su autor); Ética: hacia una versión moderna de temas clásicos; Presente y futuro del hombre; La persona humana y su crecimiento; Sobre la existencia cristiana; Antropología de la acción directiva y, por último, Ayudar a crecer. Cuestiones de filosofía de la educación (seguramente, el más sencillo de todos). Otro capítulo lo constituye sus escritos sobre empresa, una tradicional afición suya. La mayor parte de ellos no están todavía editados, pero de momento se puede contar con la publicación de Las organizaciones primarias y las empresas (Instituto de Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra).
Como es sabido, buena parte del pensamiento filosófico da por hecho que nuestro modo de conocer superior es el racional, es decir, el propio de esa facultad a la que tradicionalmente se ha llamado inteligencia, razón, entendimiento, etc. En esa tradición se admite, asimismo, que tal conocimiento es objetivo, o sea, el propio de un conocer según el cual los actos de pensar presentan o forman un objeto pensado, al que la filosofía clásica grecolatina denominó abstracto, en la Edad Media se pasó a llamar objectum y en la Moderna idea. También es conocido que, sobre ese primer nivel de conocimiento, la mayor parte de los filósofos a lo largo de la historia han admitido diversos actos de conocer distintos jerárquicamente entre sí, tales como el concepto, el juicio, el raciocinio, o incluso hábitos cognoscitivos distintos, bien en el uso práctico de esta facultad, como la prudencia, bien en su uso teórico, como el de ciencia. Por lo demás, es manifiesto que la relevancia concedida al objeto pensado en la filosofía moderna condujo a una forzada oposición entre sujeto y objeto en corrientes como el racionalismo o la Ilustración, o al intento ineficaz de superar esa oposición en el idealismo o en la fenomenología.
Obviamente, el nivel de conocimiento abstractivo no es el superior, sino el acto preliminar de la inteligencia, sobre el cual operan los demás actos que son racionales. Sin embargo, la cuestión que Polo plantea es si la abstracción es siempre nuestro requisito indispensable para cualquier conocer humano, o caben otros modos de conocer distintos y que prescindan de su modo propio de conocer. Es claro que a lo largo de la historia de la filosofía han existido voces de protesta respecto de que el conocer que forma objetos sea absolutamente indispensable. Entre las soluciones propuestas, unas han sido –como se sabe– un tanto radicales y apresuradas. Así fue, por ejemplo, la de Ockham, quien declaró que la intuición es superior a la abstracción, y que ese acto depende exclusivamente de la voluntad. Sin embargo, la voluntad quiere o rechaza, pero es claro que no conoce. Con todo, la historia del pensamiento occidental también ha ofrecido otras soluciones más moderadas e interesantes. Por ejemplo, Tomás de Aquino enseñó que el conocer abstractivo se refiere exclusivamente a esas realidades que son de orden material, no a aquellas otras que transcienden la realidad física, como es el propio conocer humano, la voluntad, el alma, el llamado intelecto agente, las denominadas sustancias separadas y Dios, sencillamente porque estas realidades no son materiales y, en consecuencia, carece de sentido intentar conocerlas por abstracción.
Sobre ese punto gira el método descubierto por Polo para acceder a los temas reales centrales (el acto de ser y la esencia del universo, el acto de ser y la esencia humanos). Leonardo Polo denomina a ese método abandono del límite mental. Entiende por límite mental el conocimiento operativo de la razón, es decir, ese modo de conocer que procede según operaciones inmanentes, las que, al conocer, forman un objeto pensado. Como se sabe, el objeto se conmensura con la operación inmanente, siendo el objeto intencional respecto de lo real de donde se ha abstraído. La operación inmanente es un conocer limitado, precisamente porque sólo conoce el objeto abstracto y no profundiza en la realidad de donde ese objeto se ha abstraído. Es, pues, un conocer detenido, pues al formar o presentar el objeto supone la realidad y, por eso, detiene el avance en su conocimiento. A las operaciones inmanentes Polo las denomina presencia, porque iluminan o forman el objeto en presente, es decir, al pensarlos; también las llama haber (del latín «habere» tener), porque tales operaciones son posesivas de objeto pensado; mientras que los objetos formados por ellas son lo presentado, lo tenido.
El conocimiento operativo (objetivante) es el usual o común entre los hombres, el que empleamos ordinariamente en la vida práctica. Al formar un objeto mental en presente, éste está exento de las condiciones espacio-temporales (ni el acto de pensar ni el objeto pensado son tiempo físico). Ese conocer objetivante es superior a lo real sensible y puede conocerlo. Precisamente por eso puede conocer el tiempo físico y cambiar los procesos temporales de la realidad física. Sin este tipo de conocer, el trabajo y la cultura serían imposibles. En efecto, tal modo de conocer permite solucionar los problemas de la vida ordinaria, es decir, los que comportan espacio y tiempo. Por tanto, Polo no considera este modo de conocer como algo negativo o perjudicial para el hombre, sino, por el contrario, como algo indispensable para su vida cotidiana.
Pero Polo declara que para conocer los temas que trascienden la vida práctica y su temporalidad, es menester detectar que tal modo de conocer es un límite. Para proseguir conociendo más de lo que permite ese nivel, se debe detectar, por tanto, que ese tipo de conocimiento es limitado; y se debe detectar dicho límite en condiciones tales que quepa abandonarlo y, consecuentemente, superarlo por alguna de las maneras posibles. En filosofía, si no se supera ese límite, se pueden ejercer muchos tipos de pensamiento: por ejemplo, el pragmatismo, la filosofía analítica, la lógica, la fenomenología, la hermenéutica, etc., porque todas esas formas de pensar usan de ese tipo de conocer, es decir, conocen formando objetos pensados. Pero es claro que no se puede conocer objetivamente lo que es superior al objeto pensado (i.e. el propio acto de pensar, la intimidad humana, Dios, etc.), porque ya se ha indicado que ninguna de estas realidades se puede abstraer. De ahí que esas corrientes de pensamiento encuentren serias dificultades al afrontar estos temas, y que algunos de los representantes de esos movimientos nieguen incluso la existencia real de tales temas.
Según Leonardo Polo, la operación inmanente se conoce mediante el conocimiento habitual, o sea, mediante los hábitos. Precisamente por eso considera que los hábitos son un conocimiento superior a los actos; o si se quiere, los hábitos son actos cognoscitivos superiores a las operaciones inmanentes. Por tanto, si se conoce la operación con un conocer superior a ella, ya no se puede mantener que la operación sea el único y el más alto modo de conocer. A la par, si se detecta que el conocer operativo es limitado, tal límite cognoscitivo se puede abandonar por medio de los hábitos cognoscitivos: en concreto, por los hábitos adquiridos de la razón, y por medio de los tres hábitos innatos descubiertos en la filosofía clásica grecolatina, que de menos a más son la sindéresis, el hábito de los primeros principios y el hábito de sabiduría. Caben, pues, –según Polo– cuatro modos de abandonar el conocimiento limitado que ofrecen nuestras operaciones inmanentes abstractivas: el propio de los hábitos adquiridos y el distintivo de cada uno de los tres hábitos innatos.
Polo describe –un tanto abruptamente– este cuádruple modo de abandonar del límite mental. Para él la palabra «pensamiento» equivale a «razón». Por eso «límite del pensamiento» significa la aludida restricción que ofrece el conocimiento abstractivo. Lo explica de la siguiente manera:
«¿qué se entiende en concreto por abandonar el límite del pensamiento? Estas cuatro cosas: 1) Despejar, apartar, el haber, para abrirse fuera. El tema accesible entonces es la existencia extramental. 2) Eliminar el haber de aquello que el haber nos da, para realizar plenamente la devolución. Este tema es la esencia extramental. 3) Dejar estar el haber, para superarlo y alcanzar “lo que es-además”. Se trata ahora de la existencia humana. 4) Eliminar la reduplicación del haber, para llegar a su intrínseco carácter de no–sí–mismo. Es el tema de la esencia humana» [El acceso al ser, 383].
Explicitando un poco el texto precedente se puede decir que: 1) La primera dimensión consiste en trascender completamente el acto de conocer abstractivo. Si ese acto, por ser activo, supone por la realidad extramental que es activa, al abandonarlo completamente, nos abriremos a tal realidad extramental, a saber, a los actos de ser reales. 2) La segunda dimensión radica en separar el acto de pensar del objeto pensado. Al quitarle al acto el objeto que él nos ofrece, ya no conocemos la realidad física de modo intencional, es decir, tal como nos la muestra el objeto abstracto, sino de otro modo, tal cual ella es, a saber, en su realidad potencial. ¿Cómo se llega a conocer así? Confrontando la actualidad del acto de conocer con la potencialidad de la realidad física. 3) La tercera dimensión conlleva despegarse de la operación inmanente abstractiva para notar que nuestra intimidad es superior a esa inmanencia. 4) La cuarta dimensión implica demorarse cognoscitivamente en el conocimiento de la operación inmanente para notar cómo la conocemos, es decir, mediante qué hábitos adquiridos se lleva a cabo ese conocimiento, y asimismo, mediante qué hábitos adquiridos nos damos cuenta que esa operación inmanente puede ser contrastada sucesivamente con la realidad potencial física. Al notar que disponemos de tales hábitos adquiridos, vamos conociendo cómo es la índole de la razón, pues tales hábitos son el perfeccionamiento intrínseco de dicha potencia, y eso es conocer, aunque parcialmente, la esencia humana, porque la activación progresiva de la razón forma parte de dicha esencia.
Polo denomina numéricamente primera, segunda, tercera y cuarta a esas respectivas dimensiones del abandono del límite. Sin embargo, no se trata de un orden de importancia, pues éste es como se explica a continuación. a) En primer lugar, la dimensión metódica más relevante es la tercera, la que alcanza a la intimidad humana (al acto de ser personal humano), pues es la que permite conformar la antropología trascendental. b) En segundo lugar en orden de importancia está la primera, la que advierte los primeros principios reales extramentales (los actos de ser de la realidad –creada e increada–); dimensión que permite el estudio de la metafísica). c) En tercer término viene la cuarta, la que ilumina la esencia humana, es decir, la que arroja luz no sólo sobre la inteligencia como potencia activada con actos y hábitos, sino también sobre la voluntad perfeccionada con actos y virtudes; esta dimensión es la que permite investigar la antropología esencial. d) En último lugar está la dimensión metódica menos importante, que es la segunda, la que desentraña progresivamente la índole de los principios de la realidad que no son primeros, a saber, las cuatro causas. Ésta es la capacidad que posibilita el estudio de la física clásicamente considerada.
En efecto, el acto de ser humano, que se alcanza mediante la tercera forma de abandonar el límite mental es superior a los actos de ser extramentales, que se advierten mediante el primer modo de abandonar dicha limitación cognoscitiva. Ciertamente el acto de ser de la persona humana es superior a los actos de ser reales extramentales, sencillamente porque es libre, mientras que aquéllos no se advierten como libres, sino como necesarios. Por eso la antropología trascendental no puede ser una parte de la metafísica, pues ésta es la ciencia de lo necesario, mientras que aquella es el saber de lo libre. Además, como lo libre es superior a lo necesario, la antropología trascendental es superior a la metafísica, o sea, con más luz cognoscitiva que las diversas vertientes metafísicas.
A su vez, estos distintos actos de ser (necesarios y libres) son superiores a las esencias reales. De entre éstas es superior la esencia humana a la esencia del universo. Por eso, la cuarta dimensión del abandono del límite mental, que ilumina a la esencia humana (o sea, a sus potencias espirituales: inteligencia y voluntad) es superior a la segunda dimensión del abandono del límite mental, que permite conocer la tetracausalidad de la realidad física (causas material, formal, eficiente y final). En suma, como los distintos niveles del método cognoscitivo humano guardan una estrecha proporción con los temas reales por ellos conocidos, en la medida en que los temas alcanzados sean superiores, también lo serán los niveles cognoscitivos empleados, porque es axiomático que los niveles del conocimiento humano son jerárquicamente distintos.
Como se puede advertir, la filosofía de Leonardo Polo es precisiva. Se subraya este punto porque, como es sabido, la palabra «metafísica» ha pasado en el siglo XX a ser una especie de cajón de sastre en el que cabe cualquier tipo de estudios filosóficos: desde la gnoseología a la filosofía de la naturaleza, desde el estudio de Dios como Acto, hasta el del hombre y sus diversas facetas manifestativas, etc. Así, hoy se habla, por ejemplo, de «metafísica de la familia», «de la cultura», «de la economía», «del deporte», etc. Pero Polo no está de acuerdo con esas denominaciones que –según él– obedecen a un planteamiento que adolece de rigor metódico, sencillamente porque no tiene en cuenta los niveles cognoscitivos humanos se deben emplear para conocer los respectivos temas. La realidad ontológica es jerárquica y el conocimiento humano (como realidad que es) también. Hay una estrecha proporcionalidad entre ambos. Por eso, no se puede conocer todo lo real con cualquier nivel mental. Ya se ha indicado que uno de los puntos fuertes de Leonardo Polo es la teoría del conocimiento, siendo el suyo, seguramente, el tratado de mayor rigor y envergadura en esta disciplina, en la que sigue, ajusta y prolonga la jerarquía de niveles cognoscitivos descubiertos por la filosofía clásica griega y medieval.
Atendamos ahora, brevemente, a las cuatro dimensiones cognoscitivas del abandono de la suposición abstractiva. Si se detecta la operación inmanente, ya se está conociendo por encima de ella, porque ni ésta, ni ninguna otra instancia cognoscitiva es «autointencional» o reflexiva. En efecto, si la operación inmanente conociera a la vez el objeto pensado y a sí misma, no podría discernir entre ambos asuntos, y es obvio que los distinguimos, pues no es lo mismo un acto de pensar que una idea pensada, ya que el primero es real mientras que el segundo es ideal. Con otras palabras: la presencia mental presenta al objeto pensado, pero no se presenta, sino que se oculta (de modo parecido a como la luz ilumina los colores pero no se autoilumina). La operación inmanente se detecta mientras ésta se ejerce, pero se detecta por un conocer simultáneo y superior a ella. Si se nota que el conocer de la operación inmanente es limitado, se puede abandonar o no dicho modo de conocer, y ello es de ejercicio libre. Por eso Polo ofrece su método cognoscitivo a modo de propuesta y, como es claro, toda propuesta es de libre aceptación. Con todo, es evidente –como ya se ha indicado– que lo libre es superior a lo necesario. Alguien puede llevar a cabo libremente tal abandono sólo si no concede a la operación inmanente el excesivo e injustificado privilegio de ser, o bien el único, o bien el más alto nivel cognoscitivo humano. Ahora bien, existen dos caminos para abandonar tal pseudo-prerrogativa: por vía del objeto conocido y por vía de la operación inmanente, es decir, de modo trans-objetivo y de modo trans-operativo o trans-inmanente.
En el primer caso, trans-objetivamente (abandonando el objeto), se abren ante el conocimiento humano dos campos de la realidad extramental que están más allá del objeto pensado y que son incognoscibles por él: a) los actos de ser reales extramentales: el acto de ser del universo físico y el «Origen» de éste o Acto de ser divino; y b) la esencia del universo, o sea, las cuatro causas físicas. En efecto, ni los actos de ser reales extramentales (que son plurales) ni la esencia del cosmos conformada por la tetracausalidad física (causas también plurales) se pueden conocer a modo de objeto mental, porque no son uno, sino varios. Los primeros, porque los actos de ser no se puede abstraer, dado que no son sensibles. Las segundas, porque las causas no lo son aisladas, sino que son concausas entre sí (ad invicem), mientras que el objeto pensado es siempre uno. Por eso no se puede conocer de modo aislado las causas tal como ellas son realmente, mientras que el requisito para conocer el objeto pensado es la separación de uno respecto de los demás, o sea, la unicidad (si conozco silla, no conozco mesa).
Esas dos dimensiones del abandono del límite mental permiten conocer campos bien definidos de la realidad, y han sido ensayadas por la filosofía clásica grecolatina y por sus comentadores. Una temática es la que conoce el hábito innato de los primeros principios, el cual advierte los actos de ser reales extramentales. Éstos son los temas propios de la metafísica. Otra es la que permiten conocer los hábitos adquiridos de la razón (el hábito conceptual y el judicativo o de ciencia), que desentrañan la esencia concausal del universo físico. Al estudio de este campo se dedica la filosofía de la naturaleza o física clásicamente considerada.
En el segundo camino, trans-operativa o trans-inmanentemente (conociendo por encima de la operación inmanente) se descubren dos temas humanos que quedan más acá del acto operativo, o si se quiere, que son más íntimos que dicho acto, a saber, a) el acto de ser humano (al que Polo llama persona humana), y b) la esencia humana. En efecto, el acto de ser personal no se puede abstraer, puesto que una persona es espíritu, y éste, por definición, no es sensible. Por lo demás, la esencia humana no se conoce bien analíticamente (objetivando asunto por asunto), sino de modo sistémico o reunitivo, porque está conformada por dualidades entrelazadas (objetos y actos, actos y hábitos, actos y virtudes, inteligencia y voluntad, etc.). Además, la esencia humana tampoco es física, pues está conformada por la inteligencia –facultad inmaterial que se perfecciona con hábitos adquiridos–, la voluntad –potencia asimismo inmaterial que se desarrolla con virtudes–, y el acto previo y superior a esas potencias que permite activarlas, a saber, el hábito innato al que la tradición filosófica medieval denomina sindéresis, y al que Polo llama el yo, que es el ápice de la esencia humana.
A su vez, hay que distinguir ambas dimensiones del hombre (el acto de ser personal y la esencia) de la naturaleza humana, que es la herencia corpórea que hemos recibido de nuestros padres (el cuerpo, sus funciones, movimientos, las facultades cognoscitivas sensibles, los apetitos, los sentimientos sensibles, etc.). A la naturaleza humana Polo la llama vida recibida. En cambio, a la esencia humana, la denomina vida añadida, pues los hábitos y virtudes son el premio que cada persona otorga a esas facultades inmateriales. Además, cada persona también dota a su yo de una determinada personalidad. En cambio, a la vida íntima propia de cada quién se puede llamar vida personal.
Si se conoce la operación inmanente, se nota su carácter de acto. Si este acto se contrasta con la realidad física, se conoce que este acto es superior a esos principios de la realidad física que no son acto, pero que son principios, aunque no primeros: las causas. En efecto, la operación inmanente es superior a las causas porque estos principios no están exentos de cierta potencialidad real, ya que como son causas «ad invicem», nunca prescinden de la causa material, la más potencial de ellas. En cambio, es claro que la operación inmanente carece de potencialidad. Por lo demás, el orden real entre las causas físicas es jerárquico, siendo la causa final, el orden del universo físico, superior a las demás, pues ordena y compatibiliza a las demás en función de la unidad de orden cósmico. Por eso, la causa final garantiza que los cambios en el universo vayan (al margen de la intervención humana) siempre a mejor. Así se explica, por ejemplo, que al inicio del universo no exista vida, que luego entre en escena la vida vegetativa, más tarde la sensitiva, etc. Con todo, la perfección del cosmos no puede ser nunca completa, puesto que siempre consta de causa material. Por eso, frente a Leibniz, Polo sostiene que éste no es el mejor de los mundos posibles, sencillamente porque no puede serlo. Además, en un mundo perfecto, carecería de sentido el trabajo humano, siendo así que –según Polo– éste consiste, precisamente, en añadir perfección a la realidad física.
Pues bien, para contrastar la actualidad de la operación inmanente con la potencialidad vigente en la realidad física, se requiere conocer dicha operación, lo cual se lleva a cabo –como se ha indicado– por medio de los hábitos adquiridos. La primera operación inmanente es la abstracción y el hábito que permite conocerla es el hábito abstractivo. Pero conocer dicha operación no implica directamente contrastarla con las causas físicas. Esa tarea se lleva a cabo con operaciones racionales superiores. En efecto, el siguiente acto es el concepto, y éste, al contrastar la prioridad de la operación inmanente con la prioridad física, permite conocer tres causas de la realidad física: la material, la formal y la eficiente extrínseca (el movimiento de los seres inertes). Es el tema del hilemorfismo aristotélico, o en terminología medieval, del «unum in multis», es decir, una causa formal distribuida entre muchos principios de individuación materiales, cuya forma va cambiando con el paso del tiempo debido a la eficiencia extrínseca. A su vez, la operación de concebir (verbum mentis) es conocida por el hábito conceptual. En efecto, una cosa es concebir sustancias y otra darse cuenta que se ejercen actos de concebir. Este segundo conocimiento, el del hábito, es superior al primero (el del acto), porque conoce actos, no potencias físicas; y para conocerlo debe ser más acto que el acto de concebir, porque sólo el conocer superior puede conocer el inferior, no a la inversa.
Tras el precedente conocimiento, se puede seguir profundizando en la índole de la realidad física. Ese mayor conocimiento lo otorga el acto del juicio que, además de las precedentes causas, conoce la eficiente intrínseca (la propia de los seres vivos) y, asimismo, la causa final (el orden cósmico), o sea, la que compatibiliza todos los movimientos físicos entre sí. A la par, el acto de juzgar se conoce por medio de un hábito adquirido, ese al que la tradición grecolatina denomina hábito de ciencia y al que Polo llama judicativo, porque permite saber que juzgamos, o sea, conoce la verdad del juicio. Con el acto de juzgar ya quedan explicitados los principios de la realidad física que constituyen la esencia del universo, pero no el fundamento de éstos. Con palabras clásicas: se conoce el qué de la realidad, pero no su ser. A la búsqueda de ese fundamento se dedica la tercera operación de la razón, a la que Polo llama, precisamente por eso, fundamentación (sólo en parte equivalente a la «demonstratio» medieval). A su vez, esta operación es conocida por otro hábito adquirido, al que este pensador denomina el hábito de los axiomas lógicos. Este hábito nota el agotamiento del conocer humano derivado de la abstracción. Por eso, para seguir progresando en el conocimiento de lo que no es físico, se debe ir más allá de este hábito y de los niveles cognoscitivos precedentes, o sea, se debe prescindir del conocimiento que tenga a la abstracción como requisito ineludible. Con palabras tomistas: se debe saltar del ámbito de la ratio al del intellectus; o con agustinianas: de la ratio inferior a la superior.
La esencia humana no es sensible, sino inmaterial. No es la persona que cada uno es, es decir, el acto de ser, espíritu o intimidad humana, sino que deriva de ella y es incomprensible sin ella. A la esencia pertenecen la inteligencia, la voluntad y el yo. La esencia humana es activa (porque la activa la persona), pero no es el acto de ser personal, sino potencial respecto de él. De ahí que inicialmente la inteligencia y la voluntad sean potencias pasivas, que la persona las active progresivamente (con hábitos y virtudes respectivamente), y que, asimismo, el yo humano pase por muchas fases de maduración.
Si la esencia humana no es sensible, no se puede conocer sensiblemente. Tampoco por abstracción, ni por cualquier conocer derivado de ella. Con todo, es claro que conocemos que disponemos de inteligencia y de voluntad. Conocer esas potencias y que ellas son potencias, es un conocer superior al propio de la razón. En efecto, saber, por ejemplo, que tenemos la facultad de la razón a nuestra disposición no es conocimiento racional ninguno, sino ver a esa potencia desde un conocer superior a ella. Esa instancia cognoscitiva superior equivale para Polo al hábito innato de la sindéresis, al que él denomina el yo, y del que distingue dos vertientes, una que permite conocer, activar, a la inteligencia, a la que llama ver–yo, y otra que permite conocer, activar, a la voluntad, a la que designa como querer–yo.
Para describir el «yo», Polo usa la metáfora de «cima» de la esencia humana, (recuérdese: el yo no es el acto de ser personal), y llama a la inteligencia y a la voluntad «laderas» de la esencia humana. El yo (equivalente para Polo a lo que la tradición medieval denomina alma), es activo, cognoscitivo (es método), respecto de lo inferior de la esencia humana, o sea, la inteligencia y la voluntad (temas a los que Polo llama disponer). Que el yo es distinto realmente de la persona es claro, porque mientras no hay dos personas iguales, los «yoes» admiten características afines. Por eso los psicólogos distinguen varios tipos de yo (caracteres o personalidades), y los psiquiatras descubren varias patologías afines en esos «yoes». Polo suele decir que cada persona conoce el yo, pero que ninguna persona conoce enteramente quién es como persona. El ser es la persona; en cambio, lo que cada persona conoce de sí a través de sus manifestaciones (racionales, volitivas, sociales, laborales, lúdicas, etc.) forma parte de su esencia.
Como se ha indicado, Polo también distingue la esencia humana de la naturaleza humana. Tal distinción estriba en que la naturaleza humana es la vida recibida o heredada de nuestros progenitores. Se trata del cuerpo humano, sus funciones y facultades con soporte orgánico, vida natural vivificada por la esencia y el acto de ser humano desde el primer instante de su vivir. En cambio, la esencia humana es inmaterial y consiste en la vida añadida, es decir, en la perfección que cada persona humana otorga a su inteligencia, a su voluntad y a su yo real. El estado de la naturaleza humana tampoco se conoce por abstracción, o por un conocimiento derivado de ella, sino por la sindéresis, es decir, por el ápice de la esencia. En efecto, es claro que la razón abstrae de los objetos conocidos por los sentidos, pero no abstrae las potencias sensibles. En cambio, la sindéresis nos permite conocer el estado de nuestras facultades sensibles (naturaleza) e inmateriales (esencia) tanto en estado natural como en su desarrollo.
Es manifiesto que las diversas antropologías del s. XX atienden en mayor medida a las diversas manifestaciones humanas (familia, educación, ética, sociedad, lenguaje, trabajo, cultura, técnica, economía, etc.) que a la intimidad (acto de ser) personal. Pero también es claro que raramente se atreven a poner orden jerárquico entre ellas y a descubrir como es el nexo de vinculación de las mismas.
Todas esas manifestaciones humanas son propias de la esencia humana y pueden ser conocidas correctamente por medio de la cuarta dimensión del método poliano. A continuación, y sintéticamente, se intenta poner orden en ellas de mayor a menor, de acuerdo con la antropología poliana. La primera es la familia. A nivel de acto de ser (en el orden trascendental) cada hombre es familia. Pero a nivel de esencia humana el hombre tiene familia. Familia es la continuación de lo que en el matrimonio se inicia. Matrimonio es la unión personal de por vida entre varón y mujer con posibilidad natural de engendrar. La primera tarea de la familia es la generación y educación de los hijos.
Por su parte, la ética es la primera manifestación humana de ámbito social, superior a las demás que dependen de ella. Sus bases son los bienes, las normas y las virtudes, que se entrelazan en la acción humana. La ética nace de la persona y tiene a ésta como fin. Sin familia no cabe sociedad, y sin ética tampoco. En efecto, la ética es el único vínculo posible de cohesión social. Cualquier otro vínculo social (bienes, instituciones intermedias, partidos políticos, leyes, dinero, etc.) pueden ser usados bien o mal. Pero el único saber que dirime objetivamente entre el bien y el mal humano es la ética. Por eso, el peor mal que aqueja a la sociedad es el relativismo ético. La sociedad se entrelaza mediante el lenguaje cuando éste se usa según una norma ética: la veracidad. El lenguaje es la primera acción (praxis transitiva) humana y condición de posibilidad de las demás; es lo más remitente o intencional entre lo sensible. Sin él es imposible el trabajo. Trabajar es añadir. El hombre añade perfección al mundo porque no se conforma con la que éste le ofrece naturalmente. A la vez que perfecciona el mundo, el hombre se perfecciona a sí mismo trabajando, porque sus acciones repercuten en su propia esencia humana a modo de hábitos y virtudes. En este sentido el hombre es un perfeccionador perfectible.
Con el trabajo humano se conforma la cultura. Cultura es todo lo que produce el trabajo humano. Notas intrínsecas de la cultura son la multiplicidad inagotable de productos factibles y el carácter no definitivo de ellos. En consecuencia, el fin del hombre no puede ser la cultura, porque ésta es incapaz de culminación. La técnica forma parte de la cultura. Es un determinado procedimiento productivo consistente en confeccionar una serie de instrumentos usando para ello de otros. Se pueden confeccionar unos u otros. Por eso la historia no está determinada, sino que es la situación en la que se encuentra la libertad humana según que ésta abre unas posibilidades culturales dejando inéditas otras. También por eso la historia no puede culminar desde sí, es decir, su fin no es interno, sino que tanto su sentido como su término son externos. El primero porque depende de la providencia divina; el segundo, porque la historia sólo puede terminar por la irrupción de la acción divina en ella. Sin cultura, técnica, historia, no cabe economía. La clave de ésta no son las reglas económicas, ni la producción, sino la empresa, que no es economía ninguna, sino una reunión de hombres que buscan un fin común. Por eso, es empresario el que sabe ofrecer; el que ofrece lo que vale la pena ser ofrecido, es decir, lo que humaniza a la sociedad.
Como se puede apreciar, las diversas manifestaciones de la esencia humana siguen en cascada un orden jerárquico. Todas ellas están entrelazadas, es decir, forman una conjunto sistémico, pero la clave de su unión radica en que la superior vincula a la inferior, no a la inversa, o sea, le dota de sentido. De otro modo: la superior es condición posibilidad y fin de la inferior: así, por ejemplo, no se trabaja por trabajar, tampoco para ganar dinero, sino para mejorar éticamente por dentro. Si ese fin se desestima, el trabajo pierde sentido.
La primera dimensión del método poliano equivale al ejercicio del hábito de los primeros principios. Los primeros principios reales (no mentales) son los temas (los axiomas) de la metafísica.
Uno de los primeros principios es el acto de ser del universo. Polo lo llama el principio de no contradicción. El ser creado es no contradictorio porque al advertir el ser del universo, la no existencia de ese ser no tiene cabida, o sea, el no ser o la nada no puede ser real. A este acto de ser lo llama persistencia, y lo describe como comienzo que ni cesa ni es seguido, es decir, se trata de un comienzo persistente que, precisamente por serlo, no puede cesar, pues si cesara, acaecería la nada; y si fuera seguido por algo, le pasaría lo mismo, porque el ser sólo puede ser seguido por la nada. Como se sabe, al estudio de ese acto de ser se ha dedicado tradicionalmente una parte de la metafísica denominada ontología.
Otro de los primeros principios reales es el acto de ser divino. Es el principio de identidad. Como es conocido, en él la esencia y el acto de ser son indiscernibles, o sea, su esencia es su acto de ser; o también, es el ser que carece de esencia. Polo lo llama Origen porque el ser originario está al margen del comienzo. No requiere comenzar a ser porque es eterno. Más que decir de él que sea eterno, es mejor indicar que la eternidad es Dios. Como también es sabido, a su estudio se ha dedicado tradicionalmente otra parte de la metafísica: la teología natural.
Por su parte, el acto de ser del universo físico es dependiente del acto de ser divino. Se trata del tema de la creación (donatio essendi, en terminología tomista). Esa dependencia es –según Polo– el primer principio de causalidad. No es la causa como principio, sino como primer principio, es decir, no se trata de las causas predicamentales, sino de la causalidad trascendental. Este principio marca la distinción entre el principio de identidad y el de no contradicción a la vez que enlaza a ambos.
Tradicionalmente la metafísica también se ha dedicado al estudio de los llamados transcendentales (esse, verum, bonum, etc.). Polo establece que el orden entre ellos es el siguiente: primero el ser; segundo la verdad; en tercer lugar el bien. Vincula el realismo filosófico a ese orden, es decir, a la prioridad del esse; el cambio, el idealismo defiende la prioridad del verum, y el voluntarismo (nominalismo) la del bonum. Indica que el orden adecuado de esos trascendentales sólo es el que mantiene el realismo, pues cuando se intenta suplantar la prioridad del esse por la de algún otro trascendental, se pierde no sólo la trascendentalidad del esse, sin también la del propio trascendental que se considera primero. Como se puede apreciar, Polo es un pensador realista. Por lo demás, este autor lleva a cabo una acribia entre otras nociones tradicionalmente consideradas como trascendentales y que –según él– no lo son, a saber, la cosa (res), el algo (aliquid), el ente (ens), el uno (unum), etc. En cuanto a la belleza (pulchrum) Polo no estudia directamente su trascendentalidad. En muchos pasajes la vincula a la esencia y, en este sentido, no puede ser un trascendental. Pero deja la puerta abierta a que se pueda considerar como un trascendental distinto, en especial cuando a alude a la belleza reunitiva humana.
La tercera dimensión del método poliano equivale al ejercicio del hábito de sabiduría, un hábito nativo que (como el de la sindéresis y el de los primeros principios) depende del acto de ser personal humano (no de la razón como potencia). Este hábito es solidario con la persona. Por eso, cuando se ejerce alcanza al acto de ser personal, y descubre que tampoco éste es simple, sino conformado por varios radicales trascendentales a los que cabe llamar co–actos. Esa pluralidad no indica que seamos plurales o esquizofrénicos como personas, sino que en la intimidad humana no todo vale lo mismo ni está en el mismo plano, ya que coexisten dualidades jerárquicas que la conforman. Lo propio de esas dualidades es que el miembro inferior sirve al superior y el superior favorece al inferior. Estas dualidades, a distinción de las metafísicas, no son externas (como los actos de ser reales extramentales), sino intra–trascendentales. En su Antropología trascendental Polo escribe que existen cuatro radicales personales, que de menos a más son: la co–existencia, la libertad, el conocer y el amar personales. La co–existencia se dualiza con la libertad y el conocer con el amar personal. A su vez, los dos trascendentales que conforman la dualidad inferior se dualizan con los dos que conforman la superior. Además, ninguno de ellos es cerrado, sino que se abre (cada uno a su modo) a la trascendencia, es decir, a otras personas (creadas e increadas).
La co–existencia es el carácter abierto de la persona. Indica una añadidura de ser. Es la intimidad personal como apertura. Una persona humana es coexistente. Por eso es imposible que exista una única persona. No se trata del tema de la llamada intersubjetividad o de la sociedad, sino de la apertura hacia la propia intimidad. Por su parte, el acto de ser personal humano es libertad. Tampoco se trata de la libertad predicamental, es decir, de esa que permiten los actos de la voluntad en su conjunción con los actos de la inteligencia, sino de que la persona humana es una libertad trascendental o una libertad como acto de ser. Se trata de la apertura hacia la trascendencia, hacia fuera, a otras personas. El ser personal no es meramente un ser, sino un ser respecto del cual la soledad no vige. En efecto, una persona sola sería la tragedia pura. La libertad personal es de orden trascendental, una característica del acto de ser humano. La coexistencia o apertura interior se dualiza con la libertad o apertura hacia fuera. Es claro que no se puede ser coexistente y libre en solitario, sino que estas perfecciones reclaman la existencia de otra persona coexistente y abierta a la precedente.
Por su parte, la libertad personal se supedita al conocer (el sentido personal) y amar personales. Por eso, una libertad que no tenga como norte la verdad de la propia persona humana no es una libertad personal, sino libertinaje. A la par, una libertad escindida el amor personal tampoco es libertad personal. Polo hace equivaler el conocer personal con el tradicionalmente llamado intelecto agente, origen activo de todo otro conocer humano y cumbre de la teoría o contemplación, es decir, el conocer humano superior. Por otro lado, el amor personal tiene –según Polo– tres dimensiones jerárquicamente distintas, que de más a menos son: el aceptar, el dar y el don. En efecto, en el hombre el aceptar es superior al dar porque es criatura. A su vez, el don es inferior a aquéllos porque el don depende del aceptar y del dar. Polo lo radica en la esencia humana. El amar no es un acto de la voluntad, porque lo propio de esta potencia es que busca el bien del que carece, mientras que el acto de ser personal humano no es carente, sino otorgante. Quien ama no desea aquello de que carece, sino que da; es más, se da. En suma, el amor personal tampoco es de índole predicamental sino trascendental.
Como se puede apreciar, estamos ante una ampliación de los trascendentales clásicos, los metafísicos, pero no en su mismo plano, sino en otro superior, el antropológico. Es más, los trascendentales metafísicos dependen en su trascendentalidad de los antropológicos, no al revés, pues es claro, por ejemplo, que la verdad no puede ser trascendental a menos que el conocer lo sea, pues no cabe verdad sin conocer (la verdad depende del conocer, lo conocido de la luz cognoscitiva, no a la inversa); y otro tanto le ocurre al bien: no puede ser trascendental a menos que el amar lo sea.
En síntesis, toda persona creada es coexistente–con, o sea, requiere de una persona distinta, puesto que en su intimidad carece de una réplica personal que desvele su propio ser. Es también libertad–para, es decir, una apertura personal que pueda ser enteramente ofrecida respecto de una persona distinta, siendo así que ésta pueda aceptar enteramente aquella libertad personal humana. Es asimismo un conocer personal que no puede carecer de tema personal. Y es, en fin, un amar personal respecto de una persona distinta, esto es, un aceptar respecto de un dar personal, un dar respecto de un aceptar personal, y un don respecto de un dar y un aceptar personales distintos. En consecuencia, es claro que ninguna persona creada tiene el sentido de su ser en su mano. También es obvio que ese sentido no debe buscarlo en otra persona creada, pues a todas ellas les sucede otro tanto. De otro modo: todo acto de ser personal humano cuenta con un límite ontológico que consiste en que ninguna persona creada puede culminar desde sí. Por eso, esos trascendentales personales reclaman, muestran, la existencia de Dios. Con palabras que Polo toma prestadas de Meister Eckhart: la persona humana es adverbio, y el adverbio sólo tiene sentido respecto del Verbo.
En suma, el acto de ser personal no es la sustancia clásica ni el sujeto moderno, pues en esas tradiciones tanto la sustancia como el sujeto indican fundamento. Pero la persona no es fundamento ninguno, pues si lo fuera, lo fundado por ella no sería libre. Además, ella misma tampoco podría ser elevada. La persona no es ni fundada ni fundante, porque la libertad personal no puede serlo. Por lo demás, el aludido límite ontológico, lejos de suponer una imperfección para la persona humana, implica una exaltación de ella, ya que si bien ella no puede culminar desde sí, eso no impide que pueda ser conocida (elevada) por Dios.
Como se recordará, uno de los problemas principales de la Baja Edad Media fue la sospecha ante la capacidad humana para acceder cognoscitivamente a Dios. Esa herencia se prolongó a lo largo de la filosofía moderna con algunos agnosticismos, que fueron seguidos en la contemporánea por ateísmos, empirismos, inmanentismos, indiferentismos, etc. En nuestros días la postmodernidad ha dado otra vuelta de tuerca a ese sombrío panorama, no sólo negando a Dios, sino también al sujeto humano.
No podía ser de otra manera, pues quien ocluye la apertura a Dios en la intimidad humana pierde a su vez su propio sentido personal, porque éste no está enteramente en nuestras manos, y ello –según Polo– por dos motivos: a) El primero, porque más bien que decir del hombre que es, es mejor indicar de él que será, pues mientras vivimos no acabamos de ser el ser que estamos llamados a ser (cada quién es una vocación). En efecto, el acto de ser humano es añadidura de ser, o sea, un ser creciente no consumado (Polo lo llama «además»). Ese crecimiento apunta a un fin irrestricto. A nivel predicamental se puede decir que el hombre es un ser de proyectos porque a nivel trascendental él mismo es un proyecto como persona. b) El segundo, porque la persona humana no puede culminar desde sí. Si libremente no acepta (en el ámbito trascendental) la culminación que le es ofrecida, pierde progresivamente su sentido personal, pues se aleja del proyecto. Por lo demás, las diversas manifestaciones esenciales no son más que eso, fruto expresivo a nivel esencial de la aceptación o rechazo a nivel trascendental del propio sentido personal.
Pues bien, si la postmodernidad tiene como método cognoscitivo la falta de luz (pensiero debole, el espejo que refleja la luz está roto, etc.) y, consecuentemente, esa filosofía aboca como tema al nihilismo, el pensamiento de Leonardo Polo ofrece como método la apertura irrestricta más alta del hombre, el conocer a nivel de intimidad (acto de ser). Pero como esta apertura es, a su vez, método respecto de un tema irrestricto, el ser divino, estamos ante una filosofía que siempre abre horizontes y que nunca cierra una indagación. En efecto, para Leonardo Polo, quien declarase que su tesis es la última palabra, precisamente por atenerse a esa última palabra se equivocaría, ya que la persona humana es susceptible de un crecimiento cognoscitivo irrestricto.
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© 2008 Juan Fernando Sellés y Philosophica: Enciclopedia filosófica on line
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